La bici de Frankenstein

Las primeras que recuerdo, después de las de los ruedines, eran unas BH de paseo que tenía mi abuelo en el sobrao. Eran pesadas y feas, pero para nosotros eran el mundo entero. Al menos hasta que llegaron las bicis de montaña. De repente se pusieron de moda, tuvieras montaña o no, y no eras nadie sin una. Las bicis de fardar, las de cross, con esos asientos que parecían sofás, o las antiguas BH California, pasaron a ser ridículas con sus diminutas ruedas. Con las mountain bike —había que decirlo en inglés para molar—, todo cambió. Corrían más, eran más guays, tenían marchas. ¡Marchas! Dieciocho, muchas más que los coches. Tenían colores, cuernos en el manillar, frenos de noséquérollos. Poníamos trozos de mangueras y alambres de colores en los radios. No íbamos a ninguna parte andando, tirábamos las bicis en cada puerta, aunque estuvieran a veinte pasos. Llegó, como digo, el verano en el que todos tenían bici de montaña. Todos… menos yo. Yo no había pasado de la vieja BH de paseo que pesaba como un muerto y tenía ruedas —ahora más que nunca— minúsculas.

—¡Abuelo! necesito una mountain bike.

—¿Lo qué?

—Una bici de montaña, con ruedas grandes.

—Tú no necesitas una tontá de esas. Tu abuelo te va a hacer una mejor.

Así viví los primeros días de junio, con la frustración de no tener una bici, pero con la promesa de que pronto tendría la mejor de todas. Tenía que llegar a tiempo, porque íbamos a recrear el Tour de Francia en el pueblo y no podía fallar.

Pasaba las tardes mirando con envidia las bicis de los demás y cogiéndolas cuando no me veían. Llegó, por fin, la tarde que tanto había esperado. Mi abuelo me llamó a su taller, al sobrao donde guardaba el viejo Renault y sus herramientas. Yo esperaba una bici de ruedas gigantes, negra y naranja, brillante, con radios de colores y dieciocho marchas, cables rojos de freno y luces reflectantes.

—Pruébala.

Me quise ir de allí corriendo. Era una vieja bici amorfa, un puzle de varias bicis, un cuadro azul con un sillín grotesco de color verde, con muelles oxidados, un manillar de los años veinte, con un mango rojo y otro azul, y unas ruedas finas, que no se parecían a las ruedas de tractor que tenían las mountain bikes.

—¡Esto no es una bici de montaña!

—Con esta vas a correr mucho más, te lo dice tu abuelo.

—¡No! ¡Es una bici vieja y fea! ¡No vale para nada!

Creo que contuve las lágrimas, pero quería llorar. No podían verme con esa bicicleta. Salí disparado, subí a mi habitación, golpeé la cama. Me iba a pasar el verano dando paseítos de niño pequeño con mi minibici mientras los demás se tiraban por las cuestas de tierra a todo trapo.

Volví a bajar. Me resigné porque, al menos, aquella bici tenía ruedas grandes y podría correr más que con la vieja BH. No me recriminó nada.

—Monta y dime cómo va. He cogío este cuadro del vertedero. ¡Si está nuevo! El manillar y las ruedas son de la bici del Fabio. De las de verdad, que las tontás que lleváis los mozos pesan un quintal.

Monté. Era grande de verdad, llegaba justito a los pedales. No tenía marchas, sólo una cadena ligera y un pedal de su padre y otro de su madre. Salí y mantuve el equilibro como pude. La bici se iba a la izquierda, tenía que mantenerla con el manillar torcido. Me quería morir. Encima de aquella vieja bici torcida, roída y fea, el frankenstein de las bicis, un niño gordo trataba de no caerse. Pensé en tirarla ahí mismo, pero noté que, aunque torcida, la bici iba ligera. Mucho más que la BH.

La fecha del inicio del Tour se acercaba y yo me pasaba el día con mi abuelo en el taller, mientras los demás se tiraban a toda velocidad por las cuestas y entrenaban en las etapas que íbamos a hacer. Lo teníamos todo pensado: un prólogo corto para empezar, hasta el cementerio. Etapas de media montaña después para culminar en los mil metros de la Atalaya —la etapa reina—, la contrarreloj hasta la era y la final dando vueltas a los jardincillos, como en los Campos Elíseos. Sabía que no podría subir bien en la montaña sin marchas, pero, al menos, tendría la oportunidad de volar en las llanas. Seguían riéndose de mí, pero ahora podía seguirles el ritmo.

Llegó el día del prólogo y los chicos ya se habían acostumbrado a mi bici. Me habían visto correr, pero pensaban que cuando empezara el Tour se caería a cachos. Se iba a pinchar, a caérsele el cuadro, o a desmontarse el manillar. Yo, en parte, también lo creía.

Nos colocamos en línea, la pierna izquierda en el suelo y la derecha en el pedal. Preparados, listos… El corazón se me puso a mil. A los pocos metros, era el último. Habían salido todos con el plato mediano, para dar pedales rápido. Yo tenía que matarme haciendo fuerza hasta coger velocidad. Pero la cogí. Mi boca estaba seca, me ardía la garganta y daba una patada mortal en cada pedalada. Pronto los alcancé, superé a Emilio, a mi primo, pasé a David y a César. Carlos iba rápido, pero se desfondó. Andrés iba a buen ritmo. Ya se veía el cementerio cuando lo adelanté. Quedaba el de siempre: Tino estaba seguro de ganar, miraba hacia atrás chuleándose. Me puse a su rueda, la de su preciosa y estúpida bici roja. Agaché la cabeza para «cortar el aire» y la levanté sólo para ver que le había ganado por medio metro, justo antes de llegar la meta.

Seguí corriendo, levanté los brazos, como los del Tour, pero mucho después de meta. Me hubiera gustado ver sus caras, pero no pude parar. No quería que se acabase ese momento. Gracias, abuelo, por la bici más rápida del mundo.

15 Comments

  1. Me ha encantado leerla, aunque tengo una bici de montaña, siempre he querido una de estás por la ligereza, jaja me hace gracia porqué las bicis de ahora las que dicen que son buenísimas cuestan un pastizal, pero la sensación de bajar cuestas, y la ligerezas de subirlas, con las de frankestein no tiene precio, como dice mi madre, cuando eramos pequeños no había tanto rollo un cuadro y dos ruedas, gracias por este momento de lectura, pues a los que nos gusta andar en bici, seguro que nos resulta entretenido un abrazo.

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