Treinta y tantos grados

El letargo del invierno
y su blanca calavera
mueren otra vez a manos
de la dulce primavera.

Por mí que vuelva el verano
por donde se haya venido,
que yo me quedo otoñando
en esos ojos marrones,
cayéndome hojas al suelo
como un escritor caduco.

Siembro amores en los bares,
en agosto siempre hay sed.
Los riego quizá en exceso,
los olvido por diciembre
y el frío después los mata,
de miedo, de manta y té.

Árida tierra de enero
que muere sin tu sudor.
Guarda el deseo en el pecho
hasta que vuelva, mi amor.

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