6 de enero

Un hospital no es lugar para un seis de enero, pero el cáncer se comía a mi padre. Nos despertamos sin hablar, mi madre y yo, y la mañana grisácea me pareció un mensaje del futuro. Aun así, eché una mirada al lugar donde deberían haber estado los zapatos. No me sorprendí al no ver regalos. Tampoco estoy seguro de que los hubiera querido, creo que más bien buscaba otro motivo para enfadarme y algún objeto que estampar contra la pared.

Recuerdo caminar hacia el hospital pensando en qué había hecho yo para merecer aquello. Sentí algo de consuelo —lo reconozco— cuando vi caras largas entrando y saliendo de ese feo bloque de hormigón rectangular. Todavía tengo impregnado el hedor y el calor insoportable de ahí dentro. Eso que llaman amablemente «olor a hospital». Al pasar, echaba vistazos a las habitaciones entreabiertas, buscando el mal de muchos, y sacaba conclusiones fugaces. No tengo ninguna de esas caras en la cabeza, pero sí recuerdo haberme partido en dos cuando vi al grupo de payasos. Aquella gente, que podría haber estado en su casa abriendo regalos, estaba allí regalando su tiempo a los niños. Me brotaron lágrimas al pensar que nunca había hecho nada comparable. Me sentí ruin y egoísta. Una mierda que debía ser ejecutada al instante por un tribunal de altruistas ejemplares. Mi madre me apretó el hombro, como dándome fuerza. No es que a ella le sobrase. No le dije que lloraba por los payasos. Hubiera sido horrible verbalizar que lloraba por algo que no era ni ella ni mi padre.

Llegamos a la habitación y él parecía algo más entero que el día anterior. Un hilo de esperanza. Juraría que hasta vi un rayo de sol salir fugaz ente las nubes. Él, sin embargo, pareció querer despedirse. Sé que se guardó una frase. Se le quedó encerrada en sus labios trémulos cuando nos fuimos, entre la rabia y la pena.

El doctor terminó de apagar el sol poco después.

La situación es muy grave.

Ahí estaba mi regalo de Reyes. ¿No querías uno, puto egoísta? Me fui pensando en los payasos y apretando el hombro de mi madre, como si me sobrara fuerza. Dos días después se fue para siempre, él y la frase que se quedó encajonada entre sus labios.

Ya hace de eso diez años. Hoy es seis de enero otra vez, y el frío no está ni se le espera. La gente se divierte con eso, pero a mí me acojona. Me levanto solo y miro mis zapatos para calzarme. No espero nada envuelto en papelitos de colores. Me da igual. Voy de nuevo camino al hospital; ya me sé el trayecto de memoria. Me fijo en las caras en la entrada, algunas de rutina, otras contrariadas. Veo madres apretando los hombros de sus hijos y veo otros hijos sonreír cuando aparezco yo gesticulando y voceando por la puerta.

—¡Niños! ¡Este año habéis debido de portaros muy mal, porque en vez de regalos os han traído un payaso!

17 Comments

  1. Me ha gustado el relato con ese mensaje positivo pero me ha dejado un rescoldo de amargura por esa frase que el padre no pudo pronunciar. Hazlo ahora, tal vez para mañana sea tarde. Por si acaso😉, un abrazo!!🤗

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