90 a 1

—Parece mentira que yo, que cumplo noventa, haya sido así. Qué feliz está. Por eso me gustan los niños… Y pensar que hemos sido así y que ahora estoy como estoy… Me gustan mucho. Son la alegría de una casa.

—Son la esperanza —contesté cuando acabé de retirarme los auriculares.

Pareció extrañarle lo de la esperanza. Supongo que, con noventa, la esperanza debe sonar a cuento chino.

—Es una suerte. Antes no había esto —señaló el carro—, todo el día en brazos. Mi hija es del 53 y creo que ya había leche en polvo, pero cuando yo… pues había lo que había. Sopas que hacían por ahí. Y a lavar los pañales todos los días.

—Y la ropa en el río —añadí, como si supiera de lo que hablaba.

Hizo una pausa, contrariado. Imagino que no fue él quien iba a lavar al río. Me fijé bien en su rostro. Aparentaba menos años, se podía palpar que conservaba energía. Manos grandes y curtidas, la izquierda con un aparatoso anillo reluciente que seguro acabó incrustado en alguna nariz.

—En fin, que se críe bien. Que sea feliz.

Le di las gracias con el corazón goteando sangre fresca entre las manos. Lo vi desvanecerse poco a poco al ritmo de sus pies cansados y el traqueteo de su bastón. Ni siquiera le pregunté su nombre. La Historia en persona yéndose ante mis narices, después de hablar poco, como lo hacen siempre los que prefieren no revivir lo poco que no han olvidado.

9 Comments

      1. Es culpa de la quiniela que hago semanalmente para no ganar nada, me tengo que quitar ese vicio que aún me paga mi padre.

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