Grinch

Él era lo que conocéis por un duende navideño. No es, como probablemente os imagináis, un duende verde y feo; pero sí es pequeño y tiene aspecto humano. Y odia la Navidad, porque le hace sentirse solo. Grinch era —o es, quién sabe— su nombre. Al menos, era el que él mismo repetía. Ésta es su historia.

Fue en la Nochebuena de 1998 y lo recuerdo como si fuera ayer. Éramos veintitrés personas sentadas a la mesa y yo me escapaba entre plato y plato a fumar. No era por fumar, la verdad —a veces ni lo hacía—, pero no podía soportar los cuarenta y cinco grados que había dentro de aquel salón. Entonces creí ver una pequeña figura mirando la ventana de los vecinos de al lado. Una suerte de sombra. No lo vi con claridad y no le di más importancia. Volví a mi sitio y degusté lo que habría de ser el decimotercer plato. Mis cuñados ya entonaban villancicos —no sé si por el vino, por entretener a los niños pequeños o por diversión propia— y a la segunda Marimorena volví a la calle a sentir el intenso frío. A disfrutar de unas briznas de silencio, y les juro que allí estaba, tan real como el suelo de piedra que pisaba.

La criatura miraba la ventana con tristeza, observando el movimiento y los cánticos de mi familia. Escudriñaba cada gesto y cada palabra con melancolía, casi con rabia. Me quedé paralizado. Me miré las manos, entrelazándolas, para sentir algo que fuese real con certeza y asegurarme de que aquello estaba pasando. Entonces me habló.

—¿Tú también eres Grinch? —me soltó, con una voz que parecía a la vez la de un viejo y la de un bebé.

No pude mover ni un músculo.

—Tú eres Grinch porque no estás ahí dentro —insistió, señalándome inequívocamente.

—¿Qué? —musité por fin.

—¡Grinch! —me gritó.

—¡Shhhhh! ¡Te van a oír!

—No entiendes nada. Sólo un Grinch puede ver a un Grinch.

Traté de barajar las cartas y entender el juego. Lo cierto es que nadie parecía haberse percatado de su presencia a pesar de que estaba en medio del ventanal.

—¿Qué es un Grinch?

—Grinch eres tú. Tú odias la Navidad. Tú eres Grinch.

—Yo no odio la Navidad. Tengo calor ahí dentro y necesito aire.

—No te molesta el calor, te molesta la gente. ¡Grinch! —me volvió a señalar.

Lo que más me asustó de todo fue que estaba en lo cierto. A pesar de su apariencia, de sus harapos rojos y de esa voz que taladraba los tímpanos, lo más contundente era la cruda verdad. No podía soportar la hipocresía de la gente. Ni el maquillaje ni las ropas de gala. Ni los miles de platos de comida. Ni los villancicos ni las trifulcas familiares. Ni a mí mismo.

—Oye, Grinch, tengo que entrar, van a mosquearse —me excusé, buscando una salida.

—Grinch entrará contigo.

—¡Te van a ver!

—No me verán. Sólo tú puedes. Y Grinch necesita respirar la Navidad para vivir.

No acabé de procesar aquello pero crucé la puerta de nuevo para no levantar sospechas. Me abrí paso y el pequeño duende me seguía, pero nadie reparaba en él. Nunca había tenido alucinaciones ni me pareció que aquel pequeño ser fuera una, pero dudaba de mis sentidos.

Tomé asiento y empezó a señalar a todos los miembros de mi familia, detallándome qué era lo que me molestaba de cada uno. Juro que acertó en todo. Señaló a mi tía diciéndome que no quería estar allí, que deseaba estar con su hermana. Señaló a mi cuñado indicándome que él no había cocinado nada de lo que pregonaba en público. Señaló a mis sobrinos, que sólo se preocupaban de acabar con la farsa cuanto antes para salir de fiesta después. Señaló incluso a los hijos de mis sobrinos, que sólo pensaban egoístamente en los juguetes. Señaló la comida que sobró en los platos, las botellas vacías. Oreó todos los trapos sucios con su pequeño dedo amenazante.

Tras el plato de pescado al horno volví afuera. Me disculpé de nuevo, diciendo que estaba sudando y necesitaba aire. Grinch me siguió y fue cuando descarté definitivamente lo de la alucinación. Agarró un trozo de pan del plato y vi cómo desaparecía en su boca.

—Vale, vale. Soy un Grinch. ¿Y qué significa? ¿Qué hago? ¿Qué haces tú? ¿Qué es esto? —pregunté azorado.

—¡Grinch hace muchas preguntas! Grinch necesita ver la Navidad.

—Ya la veo y no me gusta, tú mismo lo has dicho. ¿Y ahora qué pasará? Iré fisgoneando por las ventanas de la gente, ¿es eso?

—¡Grinch no fisgonea! Grinch necesita ver felicidad, porque si no ve felicidad, su corazón muere.

—¿Qué corazón? ¿Qué…? Oye, yo no puedo hacer que me guste la Navidad. Tú entiendes cómo funciona. ¡Todos fingen ser lo que no son por una tradición!

—A Grinch no tiene que gustarle la Navidad. Grinch no debe perder la fe. Y para no perder la fe, Grinch debe ver a gente con fe.

Y en ese punto se dio la vuelta y se marchó a observar la ventana de la siguiente casa. Lo observé en silencio hasta que se difuminó en una fría sombra, y volví a mi silla, pálido y consternado. Reí lo que pude el resto de la noche.

Desde entonces estoy condenado a mirar por las ventanas para no perder la fe en los corazones vivos. Es verdad que casi siempre miro la nuestra, que sigue llena de personas con fe. En estos dieciocho años, cada vez que vi un Grinch le expliqué mi historia y me tomó por loco. Pero al año siguiente había un loco más mirando las ventanas.

 

74 Comments

  1. De loca a loco, suerte en tu misión, niño. Es muy fácil perderse en el cinismo del descreído, casi tanto como en la hipocresía del que insiste en tener fe.

  2. Visto a si hay más grinch por la vida de lo que se cabía esperar. Este punto de vista no lo sabia, tenia un concepto muy distinto de lo que era un grinch. Feliz navidad Johan.

  3. Yo creo que al final todos tenemos un poco de Grinch. Pero no sólo en Navidad, durante todo el año. Y creo que esa parte de Grinch nos ayuda también a sobrevivir y no aceptar todo tal cual nos lo ofrecen.
    Un beso enorme!!

  4. Hay algo que se me escapa. Si no le gusta la Navidad, ¿por qué tiene que alimentarse de ella?
    Todos somos un poco Grinch, creo yo. Lo raro es encontrar un Antigrinch en este mundo. ¡Feliz Navidad!

      1. Ya, pero en realidad ,si estaba mirando por la ventana de esa casa, en la que, según comenta, todos están a tope de hipocresía, entonces no vería mucha fe que digamos ¿no? :D.
        Sí… hay demasiados Grinchs por el mundo!!!

      2. Pero necesita respirarla, sentirla, ver que a pesar de todo hay Navidad. Además, siempre hay niños que creen y adultos que creen que lo hacen aunque luego se mientan. Y más ventanas por las que mirar. 🙂

      3. Entonces ya entiendo por qué llevo 7 años pidiéndoselo a los Reyes y nunca me lo traen ajjajajajajajajaja. Será que soy demasiado niña y con otro sería un poco demasiado ;). De todos modos, soy insistente y lo volveré a pedir hasta que me lo traigan :D.

  5. Bonito cuento. Me recuerda a los que no nos gusta la Navidad, pero nos gusta reunirnos con la familia una vez al año y que todos estén presentes, sin excusas.
    Un beso,
    Uma.

  6. Qué bueno. Me ha llegado. Me pasa un poco como a ti al principio del cuento, que no lo sabía pero tb soy un poco Grinch. A pesar de eso, me gusta ver a ciertas personas que no veo el resto del año.
    Me voy a quedar con que todos los días soy (permiteme la contradicción) un Grich- no navideño.

  7. También yo soy Grinch, mi padre murió unos días antes de Navidad hace muchos años, y desde entonces veo como todos celebran, pero para mi es como ver una película, desde fuera, como si no estoy ahí, es raro, no logro integrarme y ser parte del grupo familiar.

  8. Bien… bien… aquí nos vamos entrando en detalle de dónde viene ese ánimo Grinch que te habita (¿se irá con vacunas o remedios?) 😉 😀

  9. Me encanta Johan.
    Creo que algunas veces vemos por las ventanas y somos Grinchs. No siempre estar de fiesta nos produce ánimo de ellas. En fin,se necesita más que ganas para mantenerse en familia todo un año y luego compartir una cena a prueba de emociones.
    Un abrazo navideño con todo cariño.

  10. La Navidad son sentimientos encontrados. El deseo de ver a todo el mundo, y de que todo acabe pronto. Consumismo y gula servidos en bandejas de plata, pero qué le vas a hacer… Comer y abrir paquetes!!!

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