Insomnio (12)

Quedan los vestigios del día. Las tazas del desayuno que aún no habíamos usado juntos. Los regalos, que son más regalos si son libros, y más libros si son para niños. El fuego, hipnótico y combatiente. El asado. Las bromas que recitamos de memoria. El café negro, que habrá ayudado, seguramente, a salir de la cama y vomitar imágenes en palabras. El profundo océano del miedo al futuro, que nos lleva inexorable a profundidades oscuras, donde el miedo y la emoción conviven amargamente. El silencio de la carretera y las llaves de casa, que suenan diferente. Una más de nuestras últimas cenas.

El arte. ¿Saben que el arte no se descubre? ¿Que lo encontramos porque alguien supo ponerlo en nuestro camino? El arte sólo pertenece al artista en su espacio. Después no es más que una firma en venta. La duda que vuelve a asomar, añeja y tan distinta, me habla a través de la almohada y le digo: «¡Cállate! No es el momento». La acallo con las teclas, tiritando en la noche de otro de mis insomnios de versos en prosa y fugaces ideas que piden vivir para siempre, aunque sea en rincones sórdidos y ocultos como éste.

He aquí vuestro hogar, no sufráis, pues la energía no se crea ni se destruye. Sólo se transforma.

14 Comments

      1. Acá cambió una hora hacia atrás y tuve que explicarle a mi marido que los perros piden la comida temprano porque ellos no saben de horarios. Así que no es un desmadre para los humanos, los amiguitos de cuatro patas también lo siente.

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