Una historia de fútbol

Lejos quedan las tardes de chapas y las latas de Coca-Cola haciendo las veces de balón. Creo que alguna vez llegamos a poner jeringuillas a modo de postes. Los garages, las paredes, los frontones, el pasillo de la casa… Podría reconstruir algunas de esas jugadas con más exactitud que las de mis mejores partidos. Después llegaron los balonazos de los Mikasa FT-5 y los campos de tierra. Entrar en el equipo fue casi casualidad. Cuando tocábamos los campos de césped artificial, apenas lo podíamos creer. La mirada se perdía en el amplio verde, en el dócil balón de reglamento, en el blanco níveo de las líneas. Llevábamos las peores botas de todo el equipo, pero no nos importaba. Después del entrenamiento —y de fingir haber hecho la tarea—, bajábamos al Parque Aluche para dar más patadas al balón. Era más para hablar que para jugar; como si el balón fuera testigo y confidente de nuestros secretos.

Mi hermano Mario siempre quiso ser portero, no como los que acaban ahí porque no saben qué hacer con la pelota. Yo me fijaba en los mediocampistas. En el último toque del diez. Maradona, Baggio, Hagi, Laudrup… Siempre decía que un gol hace feliz a uno, pero un buen pase hace feliz a dos. Él conocía mis tiros y yo sus movimientos. Con él, marcar era una odisea, porque se adelantaba a mis golpeos. Nos retábamos, nos mejorábamos, nos odiábamos cuando perdíamos, pero nos queríamos siempre.

Logramos debutar como profesionales el mismo día, en un amistoso de pretemporada contra el Milán. Aún se me pone la piel de gallina pensando en ello. Los compañeros y los rivales nos escudriñaban, y yo sentía el aliento de las cámaras de televisión en la nuca. Mario se salió, hizo dos paradones y estuvo muy seguro. Yo tuve suerte, el primer pase me salió bien. Cuando me sale bien el primero, todo va rodado. Si no, lo único que hago es correr sin sentido, tratando de enmendar el error durante el resto del partido. Jugué bien. Ese noche nos escapamos al parque a pelotear, emocionados por el debut. ¡Resultaba casi mejor hablar de ello que haberlo hecho! Nos juramos que entrenaríamos a muerte. Que no nos separaríamos. Que teníamos que ganar la Liga de Campeones juntos. Nos escupimos en la mano y sellamos el pacto con un buen apretón de manos.

El año siguiente, él llevaba el uno en la espalda y yo el catorce. En el pecho palpitaba el escudo del Atlético de Madrid. Nos dejamos el alma. Ya no podíamos bajar al parque, entre otras cosas, porque nuestros rostros ya eran conocidos. Teníamos mucha suerte, nos recordábamos eso mutuamente. Un día, la noticia apareció en todos los diarios. No lo necesitábamos, pero firmaron a otro portero. Jugaba él porque era más alto que mi hermano, pero era peor. Todos sabíamos que era peor. Yo seguí jugando y él me veía desde el banquillo. Lo llevó bien, por un tiempo. Una noche me pidió bajar al parque. Me dijo que iríamos encapuchados, que nadie nos reconocería, pero necesitaba hablar. Entonces me lo soltó: tenía una oferta del Real Madrid. Lo noté atribulado y supe que quería aceptarla.

—¡Eres un traidor! —grité mientras le pegué un punterón a la pelota.

—Para ti es fácil decirlo.

Contestó sollozando, cabizbajo. Sabía que tenía tomada la decisión, así que no dije nada más. Volví a mi equipo y él se convirtió en el portero titular del eterno rival. Ya no hablábamos nunca. Cuando jugábamos juntos, perdía los papeles. Una vez conseguí marcarle un gol y en la celebración me encaré con él. Salió en todos los putos periódicos. Me arrepiento, pero sucedió. Pasó el tiempo y llegó aquel año. Aún creo que el sorteo estaba amañado. No quería jugar contra él en la Champions de ningún modo, y mucho menos en la final. Crucé los dedos para que nos tocara en semifinales, pero era mucho el morbo y el dinero que había de por medio: nos enfrentaríamos en la final. No estaba ilusionado, sino enfadado. Triste. ¡Nos juramos que la ganaríamos juntos! Uno iba a hacerlo, eso era seguro.

Empatamos. Llegó la prórroga, y, hablando claro, ninguno tuvo los huevos para ir a por el partido. Penaltis. Le dije al entrenador que no podía tirarlo, que era mi hermano. Me dijo que yo lo conocía mejor que nadie, y me dio el quinto. ¡El quinto! Os juro que quise que mis compañeros fallaran para no tener que tirar. No tuve esa suerte. Si lo metía, ganábamos. Si no, había que seguir tirando. Ahí estaba el balón, y al fondo, un borrón con la forma de mi hermano, el traidor. Sabía cómo tenía que tirarlo, pero él sabía cómo los tiraba yo. Sentí puñaladas en el estómago. No quise mirarle a los ojos, pero al final nos encontramos. El odio se evaporó en instantes, y, de pronto, me sonrió con franqueza. Se fue a un poste y dejó la portería vacía. Asintió y me señaló el escudo. ¡Quería que yo la ganase! Ése era también su escudo aunque llevara el otro cosido. Se estaba exponiendo por mí, sobremanera. El árbitro pitó, atónito. No era ningún truco, seguía en el palo sin mirar. Sonreí, como nunca lo había hecho desde la noche del primer partido. Y lo hice.

La tiré fuera.

Mario me miró desorientado, gesticulando, buscando una explicación. Lo señalé. «Es tuya», le dije. Sabía lo que había hecho. La hinchada gruñía y señalaba al hermano del traidor, que en ese momento se convirtió en más traidor aún. Lo que no imaginé fue lo que pasó después. Nuestro portero imitó a Mario. «Se acabó», pensé. «Éste no va a hacer el paripé». Cinco disparos después, el árbitro paró el partido. Ninguno quiso marcar. La UEFA necesitaba un ganador y tiró una moneda, a la antigua usanza. No importa quién se la llevó. Lo hicimos: la ganamos juntos, como nos prometimos.

46 Comments

  1. Me encantó tu comentario del “futbol solo es un escenario” porque te juro que no entiendo el futbol. Un abrazo!

  2. Pues yo si lo entiendo y me encanta. Sobretodo el mundial. La historia, linda, linda, linda… Qué bonito relato, Johan… Te felicito. Ojalá y el escenario fuera la humanidad.

  3. Me encantó. A ver si lo extrapolas a otro escenario, el político, por ejemplo: un hermano quiere recortes y el otro no…también es una cuestión de pelotas.

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