Suburbus Army

En Urbus Central la raza humana ya no existe tal y como fue. Lo sabemos porque logramos salvar un centenar de libros y algunas viejas películas. Varias historias de abuelos perduran en prehistóricos ordenadores ocultos. Creemos que todo empezó con la comida. Comíamos fluidos y pastillas, en función de nuestra biometría. Todo el mundo tenía un chisme en la muñeca que te decía cuánto sodio te faltaba y los mililitros exactos de agua que tenías que ingerir. Medían todo: lo que respirabas, lo que orinabas y dónde metías la polla. Lo cierto es que funcionó. Llevó algún tiempo, pero erradicaron todas las enfermedades y perfeccionaron los órganos biónicos. Joder, todos pensamos que iban a descubrir la puta inmortalidad.

Pero, como ocurre en esas viejas películas, no todo es tan bonito como lo pintan. Los órganos computerizados eran cada vez más comunes y más baratos. La gente compraba pulmones con más capacidad para correr más y ojos nuevos que superaban el rango de visión humano. Lo que no sabíamos —o sabíamos pero no le dábamos importancia— era que cada vez recababan más datos. Daban órdenes a nuestros órganos biónicos, afectando a nuestras decisiones. Los órganos pedían a nuestros cerebros lo que ellos querían. Poco a poco nos fueron domando: tipificándonos, perfeccionándonos, convirtiéndonos en ciudadanos ejemplares y excelentes. Sabían qué producir porque decidían qué consumíamos. La economía estaba cuadrada al milímetro; la productividad era cada vez mayor. Necesitábamos dormir menos, los músculos aguantaban más. Ventajas de nuestro tiempo, imagino.

Algunos de nosotros no encajábamos del todo, bien porque no teníamos dinero para perfeccionar nuestro cuerpo o bien porque no tolerábamos de igual manera su puto sistema. Ése es mi caso. Veía las sonrisas de la gente después de trabajar durante dieciséis horas y me daba cuenta de que manipulaban nuestros niveles de endorfinas. Nos drogaban. Todo era perfecto. Un puto mundo perfecto y feliz —creo que hay un libro que trata de eso en el refugio—. Pero yo, y varios como yo, no lo comprendíamos. La mayoría de nosotros empezó oyendo historias de nuestros abuelos, que siempre fueron reacios a esta evolución. Decían cosas cómo: «En nuestros tiempos queríamos hacer cosas». La mayoría los tomaba por trastos viejos deformados con órganos biológicos. Algunos escondieron libros en papel, de los que no se fabrican desde hace siglos. Decían cosas que nunca hemos oído en los medios actuales. Una de dos: o han borrado la historia o esos libros tenían mucha inventiva.

A los que conservamos buena parte de nuestro cuerpo biológico nos llaman obsoletos. No se nos persigue, pero se nos vigila. Dicen que nuestro comportamiento puede ser aleatorio y peligroso. Trabajamos menos y, en consecuencia, nuestra remuneración es menor. Nos dejan estar, no acierto a saber por qué. Creo que estadísticamente cuentan con nosotros, igual que contaban con la mendicidad en épocas pasadas… Dicen que el sistema necesita irregularidades para funcionar y, dado que siempre habrá alguien que asuma ese rol, se limitan a tenernos controlados.

Poco antes de morir, mi abuelo me contó al oído dónde escondía el único libro que consiguió salvar. Su sistema de voz era biológico y nadie pudo oírlo excepto yo —de lo contrario, hubieran tomado medidas—. Leía las páginas de Guerra y paz de Tolstói casi a oscuras y lo más lejos posible de toda humanidad. Tiene gracia que lo sigan llamando así: humanidad.

Así fue cómo la conocí. Yo iba a leer debajo del puente de lo que fue el río Babier, que, al carecer ya de interés alguno en materia de explotación de recursos, era una zona sin vigilancia. No me encontraba con nadie en horas, hasta aquel día en el que ella estaba sentada, pintando las paredes del puente con una piedra de pizarra. Mi primera reacción fue esconder el libro en mi abrigo, pero reparé pronto en que no había visto pintar a nadie con sus propias manos. Es decir, en alguna superficie que no fuera virtual.

—¿Qué haces aquí? —me dijo impasible, absorta en su creación.

—¿Cómo haces eso? —ignoré su pregunta, mirando detenidamente su obra.

—¿Crees que las aplicaciones de pintura nacieron de la nada? ¡Bah! ¿Qué vienes a hacer aquí? —su tono empezó a resultar amenazante.

Le enseñé el libro y ella me habló de su pintura. Me dijo que había más como nosotros y que ya habían estado siguiéndome la pista. Me dijo también que mi libro estaría a salvo con ellos, que tenían algunos ejemplares más y que me enseñaría muchas más obras suyas.

Aquel refugio estaba a unos cuarenta kilómetros de la cuenca del río. Habían fabricado bajo tierra un auténtico espacio fuera de toda vigilancia y redes de comunicación. En seguida me di cuenta de las imperfecciones de los refugiados. El nivel de órganos biónicos era muy bajo. Nadie llevaba allí los dispositivos de medición alimentaria. Muchos de ellos no existían a los ojos de Urbus Central. Me acompañó por los pasillos, mientras un montón de ojos me escudriñaban, y yo me iba haciendo una idea de dónde me encontraba. Sentí rebosar mis emociones como no lo había hecho nunca, me temblaban las manos y me costaba respirar. Me quitó el libro y lo dejó en una estantería junto al resto de ejemplares salvados.

—Los guardamos aquí —dijo sin darle mayor importancia—, para que todos podamos leerlos.

Me enseño su espacio y sus obras, que descansaban en paredes y otros materiales que no me resultaban familiares. Me dijo que le gustaría pintar sobre el papel de los libros, pero era imposible de conseguir. Entonces una voz profunda llenó la sala.

—Bienvenido a Suburbus13, Lostbullet.

Mi cara de sorpresa debió decirlo todo.

—Punkcrass lleva siguiéndote unos días. Supongo que ya habrás asimilado que somos la resistencia. Somos como tú. Somos los que leen libros sin esperar que un órgano nos diga una mierda. Los que creamos pintura, los que cantamos y bailamos sin seguir instrucciones de un estúpido programa. Somos el pasado, si lo prefieres. Somos la muerte y la imperfección. Somos la grieta de su cristal, amigo mío. Algún día podremos romperlo y hacer que vean con sus ojos lo que nosotros vemos, sin flujos de datos. Y contigo, hoy, tenemos un soldado más en nuestro ejército. Pronto, amigo mío, Suburbus Army estará preparado y lucharemos por un mundo real, impredecible y emocionante. ¡Lo volveremos a joder todo, maldita sea!

Los vítores llenaron la estancia.

Memoricé su discurso aunque apenas entendía su lenguaje por aquel entonces. Después aprendí las metáforas y algunas de sus palabras en los libros de Suburburs13. Hoy escribo mi historia en la anteportada de mi libro, porque hoy acaba la paz y empieza la guerra. O mejor dicho, hoy acaba su guerra y empieza la lucha por nuestra paz. Espero que alguien pueda leer estas líneas si hoy pierdo la vida. Hoy atacamos Urbus Central. ¡Larga vida a Suburbia! ¡Adelante Suburbus Army!

37 Comments

  1. Hoy he comido unas lentejas con substancia (jamón, chorizo y muchas verduras) riquísimas, con esto quiero decir, que ya estoy bien como estoy, no me gustan los cambios, será que la edad no perdona…
    Saludos.

  2. Aja…una especie de” Farenheit 451″ de Ray Bradbury. No lo creo que llegaremos a un final tan triste. Cambian las formas , los valores siguen los mismos. Bueno..de momentoo. Un beso.

      1. Para los adultos..supongo que sí..rapidisimo..para los niños no les parece que es para tanto..es que ellos han nacido en los tiempos de alta velocidad.

      2. Bueno quedeamos con la filosofía de los chinos..No se puede entrar dos veces en las mismas aguas del Rio…A cada tiempo lo suyo. A nuestros antepasados les pareceria el fin del mundo si lo supieran la vida actual…

  3. Me recuerda a “Un mundo feliz”, de Huxley.
    Parece algo remotamente lejano, pero existe gente que sobrevive a base de batidos.
    Besazos,
    Uma.

      1. El día que no se pueda mojar en pan en la salsa será el peor de toda la humanidad.

      2. ¿Crees que “el progreso” es irrefrenable?
        Más de uno se ha ido a vivir a las montañas.

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