La rosa cortada

No sabía cómo llamar su atención. Había caído enamorado sin remedio de la Inés, la hermana menor de la princesa del reino de Misantropía. ¿Qué iba a hacer él, un simple cochero al servicio de sus majestades, para tratar con ella?

Los miércoles, recién estrenada la tarde, llevaba a las hermanas a clase de música. Hacía una reverencia formal, se aseguraba de que se habían acomodado correctamente y saludaba cortés a la princesa, después miraba de soslayo a la infanta y volvía al pescante asiendo las riendas para emprender el camino. En el auditorio ejecutaba la misma rutina, pero al revés: miraba con cautela, saludaba respetuosamente y apeaba a las señoritas sin percances. Él esperaba allí la hora que duraba la clase fumando cigarros y dando paseos en círculo, oyendo lo que fuese que tocasen —no sabía distinguir una trompeta de un arpa—, dando vueltas a qué decirle a la infanta. A veces, se envalentonaba y se tomaba la licencia de preguntar cómo habían ido las clases. María Cristina, la princesa, que era matrícula de honor en protocolo, respondía elegantemente y daba las gracias por el interés al cochero, pero por dentro maldecía cada segundo que perdía dirigiéndose a aquel pordiosero. Inés sonreía y le contaba qué había aprendido, pero el cochero apenas podía mantener la conversación unos segundos sin parecer un completo zoquete, así que se limitaba a sonreír y sonrojarse, acomodar a las jóvenes, hacer la reverencia de turno y echar un último vistazo a los vívidos ojos de la Inés antes de llevarlas de vuelta a palacio.

Pasaron muchos miércoles más hasta aquel miércoles primero de abril, cuando Inés llegó sin compañía al jardín donde estaba aparcado el carruaje. El cochero quiso preguntar, pero sólo balbuceó. Inés comprendió por su gesto que algo no le cuadraba y se disculpó en nombre de su hermana, la cual tenía que atender «asuntos oficiales». Aquel día todo salió del revés. El corazón del cochero palpitaba más rápido que de costumbre, y aquel ritual que conocía de pe a pa se le hizo un nudo en la cabeza. Saludó formalmente a la vez que miraba con deseo, le temblaron las manos al acomodar a su pasajera —acabó por sufrir un pequeño golpe en el pie—, volvió al pescante sin cerrar la puerta del carruaje, dio la vuelta, cerró, subió de nuevo y por fin agarró las riendas. Inés lo miraba alegre, y no daba más importancia a la anécdota del golpe, pero el cochero sentía que la había tirado por un acantilado. El trote de los caballos calmó sus nervios, que no volvieron a agitarse hasta que Inés entró en el auditorio: el tiempo de espera se le hizo áspero y vertiginoso. Era su oportunidad. Nunca tendría otra igual. Daba vueltas en círculo más aprisa que otros días, airado, pensando todo lo rápido que podía. Casi era la hora y no había dado con una solución propicia. Se resignó. Espiró el aire de golpe y se dijo que era mejor no hacer nada. Se disponía a encender su último cigarro cuando advirtió un rosal majestuoso y solitario, a unos metros de la puerta principal. Se dejó llevar por aquella revelación, guardó su pitillo y se dirigió a él, para cortar la rosa más grande con su navaja. La guardó con cuidado en el bolsillo más amplio de su uniforme y volvió al carruaje a esperar a la señorita.

Cuando salió de clase, no se atrevió. Apremió a los caballos para calmarse. Sin duda el mejor momento para entregarle la rosa ya había pasado y tendría que arriesgarse a hacerlo de vuelta a palacio, donde acostumbraba a merodear algún criado o el mayordomo. Al menos —se decía— había ganado algo de tiempo.

Ya asomaba en la lontananza el majestuoso edificio y con él llegó el temblor de manos y el sudor. Se relajó por un segundo al ver que no había una multitud a la espera; quizá —pensó— por la ausencia de la princesa. Pero al cabo, los nervios fueron a peor, comprendiendo que se trataba de una situación de ahora o nunca. Paró un poco antes de lo habitual, para evitar más ojos de los necesarios. Entonces sí; pudo cumplir con su ritual y apear a la infanta, saludar respetuosamente y después mirar suspirando. Al echar aire le salió de dentro. Se despidió cortés, como siempre, y recogiendo su sombrero con la mano izquierda, sacó la rosa de su bolsillo y se la ofreció a la infanta.

—Con permiso, señorita. Para usted —dijo.

—¡Oh! —intentó dibujar una sonrisa, forzada, al cochero.

—Disculpe si… —acertó a decir, maldiciendo por dentro los segundos de osadía que había tenido.

—No, no… es muy amable —se acercó con dulzura—. Pero verá, el rosal es un ser vivo, y usted lo ha cortado para complacerme a mí, y eso no es justo, ¿comprende? Aprecio su buena voluntad, pero no puedo estar alegre por ello. Discúlpeme si he sido desconsiderada.

No pudo articular palabra, pero asintió convencido a lo que acababa de oír. El amor que ya sentía por esa persona que le era desconocida en su mayor parte le inundó el cuerpo hasta cortarle la respiración. Se sentía la peor escoria del planeta por haber mutilado aquella planta para impresionarla, y ella, sin reproche, con una sonrisa, se lo había hecho ver con una sensibilidad y empatía que lo dejaron helado. «Si se la hubiera dado a la princesa, tal vez sería príncipe a estas alturas», pensó para sí, resignado.

Todo volvió a la normalidad el miércoles siguiente. Y al siguiente, y al siguiente. Pasaron casi cuatro meses más hasta el miércoles en el que el cochero acomodó a sus pasajeras, las saludó gentilmente y se dirigió al liceo, con más premura de lo habitual. María Cristina se apeó del carruaje, como de costumbre, y siguiendo el protocolo, saludó y entró en el edificio. Detrás marchaba su hermana pequeña, pero el cochero se dirigió a ella.

—¿Podría acompañarme un segundo? Quisiera mostrarle algo, ya que hoy dispone de tiempo, si le parece bien.

La sorpresa de Inés fue notoria. Recordó el asunto de la rosa y resolvió que al fin y al cabo había sido un poco descortés aquel día y que le debía al menos la gentileza de acompañarlo. Caminaron hasta la parte trasera del edificio. Inés se quedó paralizada, boquiabierta, con las pupilas dilatadas e inmóvil.

—Pero, ¿cuándo?, ¿cómo…?

Miró alrededor en busca de una explicación, y la encontró en el gesto feliz y relajado de su cochero. Intentó permanecer sosegado, pero ella lo supo al instante.

—Siento haber causado dolor a aquel rosal. Espero que ahora se sienta mejor —se colocó el sombrero y sonrió levemente.

Inés asistió a clase, ordenando sus pensamientos aún. Enamorada de la música como era, siempre quiso que las clases de música duraran más horas, pero aquel día estaba deseando que terminara pronto, para volver a ver la docena de rosales que el cochero había plantado y que había cuidado cada hora de clase de música de los miércoles, gastando el dinero que usaba en cigarros para semillas y aperos, escuchando allí cada nota de la guitarra de Inés —ahora sabía lo que era—, esperando la floración para tener su redención con ella. El cochero tenía una sonrisa perpetua en la cara. Caminó al rosal del que cortó aquella rosa, lo regó, le pidió perdón y le dio las gracias.

49 Comments

  1. Johan qué divino cuento! Sufrí los nervios del cochero y se me agitó el corazón cuando le iba a entregar la rosa! Espero haya segunda parte. Saludos!

  2. Es como un cuento de princesas. pero sin dragones y como dice Chus nos quedamos sin saber si fueron felices y se dieron con una piedra en las narices.
    Fuera de coñas, Es una historia muy bonita con una enseñanza implícita y que el cochero aprendió rápido.
    ·Si cortas una rosa tendrás dicha un día, si riegasy cuidas el rosal tendrás felicidad toda la vida”

  3. Bonito cuento. Y muy bien tratado. Se contagian las emociones del dichoso cochero. Ciertamente nos quedamos con ganas de saber si hay un un final de esos de perdices. Un saludo!

  4. Toda rosa cortada pierde su belleza natural, pero tu relato la ha hecho igual de bella.

    Saludos.

  5. Si me descuido, te hago un comentario de texto (es mi forma de decir que me gusta e interesa lo que escribes). Aunque los finales abiertos me dejan siempre frustrada, lo que me tiene con la mosca en la oreja es eso del reino de Misantropía… ¡¿qué pasa en ese reino?!

      1. ¡No creas! Además es un follón, porque luego hay que hacer cuatro películas, forrarse y volverse excéntrico… ¡Uf! ¡Qué pereza!

  6. ¿Este era otro de tus textos que no sabías si publicar? No me quiero imaginar cómo serán de los que estés totalmente seguro. ¿Obras maestras?, porque esto ya es una obra de arte.

      1. ¿Qué locura? ¿Tú también estás en mi cabeza? Oye, gracias por tu tiempo y tus comentarios, de verdad. Es lo único cuerdo que voy a decir. 😛

  7. Preciosa y tierna historia y al parecer querías privarnos de ella, no sé si por no mostrar tu sensibilidad o porque no la merecíamos. Me inclino por lo segundo. Abrazos, Joan, y gracias.

      1. Pienso que el autor nunca está satisfecho con su obra; conoce sus entresijos y su parto demasiado para encontrarle defectos.
        Yo no publicaría nda mío, es lo que antes hacía; ahora envío sin pensar a mis hijas por el mundo pensando que no son agraciadas y siempre hay quien se enamora de alguna, ya ves.
        (también alguno pensará: ¡vaya cardo! pero no lo dicen). Así son las cosas. Por mi parte, enhorabuena!

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