El zapatero

En este vecindario de cuatro pisos y tres vecinos por planta se guardaba silencio hasta que el último llegaba a casa. La pareja más joven llevaba viviendo allí apenas unos meses, y era la que más tiempo pasaba fuera. Un par de botines de goma para la lluvia, de un negro lustroso, que en aquel frío enero veían más charcos que una carretera descuidada. El zapatero quedó completo con su llegada. Sus vecinas de planta eran unas guerreras botas de montaña, muy hurañas, que apenas salían de casa excepto en ocasiones especiales, y unas zapatillas deportivas de colores chillones, que pavoneaban trotando a buen ritmo una media hora diaria. Eran jóvenes y llamativas, y traían de calle a algún que otro calzado clásico con sus colores y su silueta estilizada.

En el segundo residían los señores Shoe, unos zapatos de origen inglés que ya vivían en esa casa mucho antes de construirse el zapatero, heredados de otras generaciones, pero aún sin desgaste. A su lado se hallaban unos jóvenes zuecos alemanes, muy poco sociables, que siempre estaban danzando por la casa, fuera del zapatero, pero nunca veían la luz del sol. Aún quedaba sitio para una pareja de zapatillas viejas, con más años que el resto del vecindario junto. Eran chismosas y afeadas y contaban historias de sus vecinos cuando salían. Apenas salían ya de casa; quizá para hacer algún trabajo sucio, de ésos que sólo ellas se prestaban a hacer, pues no les importaba ya su aspecto.

Los inquilinos del tercero eran de lo más peculiar. De izquierda a derecha, una joven pareja de chanclas veraniegas, una pareja china de bajo coste y unas deportivas de marca. El señor y la señora Chancleta vivían de las rentas del verano y se pasaban el invierno en casa sin dar palo al agua. La pareja china no hablaba con nadie porque tenían problemas con el idioma y un humor de perros. Salían poco, ya que, por lo visto, tras los primeros días de trabajo, habían provocado fuertes dolores a sus dueños. Las deportivas tenían más privilegios que ninguna otra. Fueron un regalo y eran de buena estirpe, así que gozaban de más lavados, más cuidados y sólo salían a sitios elegantes con suelos delicados.

Y en el último piso vivían unas formales zapatillas —pero que en la intimidad hablaban en jerga callejera—, unos mocasines un poco sui géneris, que se llevaban bien con algunas camisas de la urbanización de enfrente —la del armario empotrado—, y unas botas caqui, estadounidenses, de chulería dantesca y de poco trato; de las que se decía que planeaban mudarse a una urbanización nueva en cuanto les fuera posible.

Eran ya las nueve de la noche cuando los botines llegaron a casa, se quedaron en su sitio bien apilados y salieron a desfilar los zuecos alemanes, que tenían una suela de goma dura y un forro que dejaba los pies relajados y calentitos. La puerta del zapatero se cerró y se apagaron las luces de la habitación, que dejaron de entrar por las rendijas laterales. Ése era el momento en el que el zapatero cobraba vida. Las viejas zapatillas del segundo, las señoras Hayber, contenían la respiración hasta que se apaga la luz y empezaban la jarana.

—¿Qué? ¿Ya se han ido los alemanazos? ¡Anda y que los zurzan! Ya podrían hablar en cristiano.

—¡Señoras, por favor! Dejen esa retahíla. Los señores Zuecken hacen lo que pueden. Además, ya saben que trabajan de noche —replicó Mr. Shoe, el derecho, que era convecino de los zuecos y un hombre muy distinguido y educado, chapado a la antigua.

—Ya están otra vez esas viejas cotorras —se unieron a la fiesta la pareja de deportivas de Marca, los señores de Adidas.

—¿A ti quién te ha dado vela en este entierro, zapatito de papá? —contestó Hayber izquierda.

La pareja china comenzó a zapatear y protestar. No entendían la tradición de cotorrear en el tiempo de descanso. Los señores Chancleta, que no trabajaban durante todo el invierno, mandaron callar a sus vecinas asiáticas y animaron a las señoras Hayber a seguir despotricando. Lo cierto es que lo iban a hacer de todos modos.

—Bueno, ¿y las Chillonas? Están muy recataditas hoy, ¿no? Menudas golfas. Salen media hora a que las miren y ya tienen el trabajo hecho.

—Oigan, señoras, será media hora pero trabajamos mucho más duro y más rápido que las demás presentes. Y los colores son de fábrica, no los elegimos nosotras —dijo la deportiva izquierda.

—¡Y no tenemos la culpa de que sean unas viejas arrugadas, señoras! —añadió la derecha.

Radio Zapatero siguió con el programa varias horas, con la actuación estelar de las señoras Hayber y su particular humor, además de la música insoportable de las botas caqui y las protestas de la pareja china.

Se oyeron pasos acercándose y el clic del interruptor. Todos enmudecieron religiosamente. La luz volvió, y se dejó ver la figura del dueño, zuecos en ristre, acompañado de su mujer. Abrió el zapatero —todos contuvieron la respiración— y los dejó en su sitio. Cuando iba a cerrar la puerta, la mujer intervino.

—Tienes que tirar esas zapatillas viejas, cariño.

—¿Eh? ¡Ah!, ¿ésas?, bueno, no sé…

—Están muy viejas y feas.

—Vale, vale… Mañana las tiro a la basura.

El silenció sonó fuerte durante varios segundos más. Nadie volvió a respirar en ese tiempo. Normalmente se hacían los últimos comentarios y se daban las buenas noches, pero nadie se atrevió a hablar. El señor Zuecken miró a las señoras Hayber y balbuceó el castellano.

—¿Están bien? —dijo con un marcado acento alemán. Casi nunca se atrevía a decir esta boca es mía, pero en aquel momento, en el que nadie tuvo valor, cortó la tensión con esas dos palabras.

Las señoras Hayber no respondieron. Su habitual verborrea se vio transformada en una mirada perdida e infinita reflexión. Se iban a la basura. ¡Después de tanto tiempo! ¡Si ellas inauguraron el zapatero! ¡No había derecho! Las señoras Chancleta comentaron la injusticia. Todas las parejas comenzaron a clamar al cielo y a temer por la vida de las señoras Hayber —y por qué no decirlo, por la suya propia en un futuro—. Hasta la excéntrica pareja americana hablaba con las señoras, aunque no entendían ni papa. «Are you OK? Oh my God!».

Las quejas se convirtieron en una ruidosa conversación a la que le siguió otro minuto de silencio. Fue entonces cuando la señora Bota Montañesa pensó en voz alta.

—¿Y si pasamos a las señoras Hayber por chapa y pintura? Cuando venimos de la montaña, llenas de barro, nos frotan y rascan antes de entrar en el zapatero. Quizá si las dejamos más vistosas…

Todos estuvieron de acuerdo. La señora Montañesa rascaba con la punta de sus cordones, y pronto lo hicieron todas las demás. Hasta los jóvenes Adidas se mancharon las manos. Los botines de goma guardaban algo de agua entre la suela y sirvió para dar un aclarado a las viejas señoras Hayber. Esa noche no hubo descanso. Ni siquiera para la pareja china, que, a pesar de las disputas, trabajó sin descanso. Al fin y al cabo, todo cuanto tenían estaba en ese zapatero: los unos a los otros. Aquella noche nadie pegó ojo. Mientras rejuvenecían a las viejas zapatillas blancas, ellas contaban batallitas como si fuera la última vez que fueran a contarlas. Cuando el cansancio llevó a todos a sus puestos y casi despuntaba el alba, las voces de las viejas Hayber retumbaron a modo de despedida.

—Ha sido un placer. No tengan en cuenta el humor de estas viejas chochas. Es nuestra forma de querer.

—Gracias por todo, compañeros. Nunca olvidaremos esta noche. Hasta siempre.

A la mañana siguiente, el dueño de la casa fue a buscar sus zuecos para prepararse el desayuno. Antes de levantarlos del estante, sus manos fueron hacia las señoras Hayber. Las levantó y las miró al trasluz, reflexivo y melancólico.

—Cariño, ¿quieres café? —apareció en la cocina con las Hayber en la mano.

Ella reparó en las zapatillas.

—¡Por fin vas a tirarlas! ¡Madre mía, lo que te ha costado!

Él sonrió débilmente.

—¡Míralas bien! ¡No están tan mal! Y les tengo cariño. Prometo arreglarlas, ¿vale? ¿Zumo también?

Se calzó las Hayber y preparó el desayuno. En el zapatero todos cantaban victoria. Se felicitaron por el trabajo duro. Los elogios a la idea de la señora Montañesa se alargaron varios minutos. Las señoras Hayber se sentían útiles y aseadas, y se olvidaron de criticar al vecindario al apagarse la luz. A partir de entonces, pasaron las noches contando sus andanzas y trajines por el mundo. Sus partidos de fútbol con latas, sus caminatas, sus colegios e institutos. Todos escuchaban y contaban sus vivencias también, hasta caer rendidos. «Buenas noches y que nos quiten lo bailao», se decían.

34 Comments

  1. En toda mi vida habría imaginado que me iba a emocionar con un cuento cuyos protagonistas son zapatos…..
    he pensado que estoy fatal pero luego me di cuenta de que la culpa es tuya!! Escribes tan bien……gracias!!

  2. El calzado dice mucho de la persona, es como un carnet de identidad a la vista de todos.

    Me ha encantado tu relato.

    Bona nit.

  3. Nos ha gustado mucho este relato, y hablo en plural porque se lo he leído a mi hijo de 11 años. Al acabar le he preguntado que qué le había parecido y su respuesta literal fue “que las cosas se consiguen muchas veces en equipo”. Buena respuesta, no crees?

  4. No había podido leer tu relato hasta hoy. Es genial. Con su toque de humor, original, una historia de fondo. Me ha encantado, sobre todo porque soy muy fetichista con los zapatos y me cuesta muchísimo deshacerme de ellos. Yo saco varias moralejas; las segundas oportunidades, el apoyo de los más cercanos… en fin un placer leerte como siempre. Saludos.

  5. No se si es casualidad o el destino que me ha llevado a elegir este relato al tun tun, pero la verdad que me ha gustado un montón, al principio pense que se trataba de un edificio másdonde vivia un zapatero, hasta que he reparado en que era un zapatero donde se guarda el calzado, he tenido que dar marcha atrás para leerlo desde otro punto de vista. Si todos tus relatos son así, voy a disfrutar como un niño.

      1. Nunca pienses en no publicar algo que has creado, por que el hecho de crearlo es por algún motivo que a veces no comprendemos.
        Podrá gustar más o menos, pero si lo creas será por que en ese momento te gusta a ti, que es realmente a quien tiene que gustar, lo demás es secundario. 😉

  6. He leído que no tenías claro si publicarlo. Menos mal que lo has hecho. Ahora puedo decir a mis conocidos que sé de alguien que es capaz de escribir estupendamente hasta una historia de zapatos. ¿Sabes que engachas desde la primera línea?

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