El asedio del verano pasado

Empezó como si tal cosa. En aquel calor sofocante de la noche que anunciaba la muerte de junio, avistamos a un espía enemigo en nuestro territorio. A la luz del foco se quedó inmóvil como una liebre sorprendida por los faros de un coche. No hubo tiempo de interrogatorios ni melindres. La rabia —y quizá también el miedo—, nos llevó a aniquilarlo de inmediato. De tal forma, mandamos un mensaje al cuartel general enemigo. Aquel intento por romper la paz de seis largos años no iba a quedar impune. No había razón para volver a la guerra. ¿Qué les había llevado a hacer tal locura? Sin duda, era cuestión de supervivencia, pero nuestras fronteras estaban bien delimitadas y había recursos para todos. No hicimos ademán de contactar con ellos. Lo dejamos pasar como si nada hubiera ocurrido.

Así pasaron algunas noches más en calma. La trinchera sofocaba incluso bien entrada la noche, pero no hubo rastro alguno de espías enemigos. Al menos, nosotros no los vimos. Pasados unos días, volvimos a ver ese uniforme oscuro con ribetes dorados merodeando por nuestra zona. En nuestra tierra del color del barro pasaban bien desapercibidos. Sin pensar en ningún tipo de estrategia corrimos hacia allí con el arma cargada y apuntando a matar. Algunos consiguieron escapar, pero no lo hicieron en dirección a la frontera. Parecía claro que habían montado alguna suerte de escondrijo en nuestras inmediaciones. Desde aquella base infiltrada pretendían aprovecharse de nuestras provisiones y conquistar terreno. La guerra había comenzado de manera oficial.

Amenazamos con represalias. Íbamos a tirar a matar a todo lo que se moviera. Lo hicimos público. En ningún momento pensamos en atacar territorio enemigo; era muy probable que una buena parte de ellos estuvieran ya en el nuestro, invisibles durante el día y camuflados en su uniforme de noche. No íbamos a dejar nuestro cuartel a merced de esos canallas. En nuestro fuerte mandábamos nosotros y así tendría que seguir siendo. Aguantaríamos estoicamente, con uñas y dientes cualquier ataque. Costase lo que costase.

Cada vez eran más. Por el día no hacían ningún movimiento, pero entrada la noche atacaban las principales localizaciones de suministros. Graneros, plantaciones, almacenes… Estaban viviendo a nuestra costa. No pudimos localizar su escondite, aunque pudimos intuir que habrían de estar en algún lugar fronterizo al sur, en algún relieve o en alguna suerte de cueva, cerca de la Gran Fuente. Pero no podíamos arriesgarnos a inmiscuirnos en la zona. Quién sabe qué tendrían montado. Hicimos guardia para saber por dónde venían, pero cada vez era más difícil. El asedio era cada vez más evidente y campaban ya a sus anchas por nuestra tierra. Con nocturnidad y alevosía. Con su rastro dorado y oscuro centelleante. Así, pronto llegaría un momento en el que tendríamos que abandonar nuestro hogar.

Intensificamos la vigilancia nocturna. Cerramos a cal y canto todos los almacenes de provisiones, viveros y reservas de agua. Nos enrocamos en los alrededores de nuestro cuartel. La única manera de proteger nuestro terreno era cediendo otra parte de él. Había muchas bajas en su bando, pero parecían no tener fin. Se multiplicaban con mucha facilidad. Sin duda, tenían aquel ataque bien planeado. Dormir no era una opción. Asesinamos sin cuartel —primero con miedo y después con un odio irracional—, a todo aquél que se dignaba a merodear por allí. No íbamos a dejar aquella tierra así como así. Pero cada día eran más y estaban más cerca.

La munición se agotaba. Era como matar moscas a cañonazos. Caían muchos de ellos cada noche, pero lo mismo daba. Más hordas del ejército dorado y oscuro aparecían por cada baja. Incluso se avistaban mujeres y niños uniformados decididos a robar lo que era nuestro. Arreglamos una reunión de urgencia a la que invitamos a líderes aliados. Algunos de ellos ya habían lidiado con el ejército dorado y oscuro, y recurrimos a ellos a la desesperada, accediendo a todas sus peticiones.

—La munición se acaba y además no es efectiva. Por cada uno de nosotros hay cien de ellos. La mayor parte de la ciudad está en sus manos ya —dije, con desesperación, suplicando consejo.

—Pasamos por lo mismo —dijo una de las capitanas del país vecino del norte—, la única solución posible es el armamento químico.

—¡Pero eso acabará también con nuestro pueblo! —supliqué otra vez, sin pensar con claridad.

—No necesariamente —contestó enigmática.

Nos explicaron cómo ganaron la guerra y lo que nos costaría. Parecía claro que era la única opción. Tuvimos que abandonar nuestras casas, nuestras provisiones y nuestro mundo a su suerte. Instalamos trampas químicas en todas partes. Si funcionaba, y sólo si así fuese, deberíamos reconstruir todo de cero. Pero era eso o perecer.

Como previmos, fueron directos a nuestro cuartel general. Pero nosotros ya nos habíamos ido. Se oían vítores y chanzas; la victoria parecía inevitable. Aquel veneno incoloro e inodoro parecía no afectarles. ¡Estábamos perdidos! Las últimas unidades que permanecieron allí cerca, controlando la operación con sus prismáticos, estaban a punto de abandonar. No parecía surtir efecto. Al cabo de una hora, los primeros soldados dorados y oscuros perecieron. ¡Había esperanza! Aquel veneno era contagioso y el simple contacto de un soldado infectado llevaría al otro a una muerte segura al cabo de unas horas. Fue un proceso lento. Fuimos ganando terreno a la misma velocidad que lo perdimos. Las unidades enemigas estaban condenadas. Lentamente volvimos a conquistar nuestra tierra, y rehicimos toda nuestra infraestructura en los siguientes meses. Algunos dorados y oscuros consiguieron escapar, y se hicieron con la tierra del sur. Juraron venganza. Ya casi es verano de nuevo, y creemos que volverán. Hoy estamos más preparados, pero quién sabe si podremos resistir otro ataque.

Y así fue cómo, el verano pasado, conseguimos exterminar al ejército de cucarachas alemanas de nuestra cocina.

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