La historia nunca antes contada de Caperucita Roja

Había una vez una joven hermosa, nacida en un barrio pobre. Siempre se la recordaba vistiendo un abrigo rojo, largo y desgastado, con la capucha enfundada. Por ese abrigo, que llevaba con ella un lustro, se ganó el mote de «Caperucita Roja». Caperucita sobrevivía como podía, como todos en aquel barrio. Hija de madre soltera, con padre en paradero desconocido y fumadora de porros habitual. Pasaba las mañanas durmiendo y las noches vagando a sus anchas.

Un día, una amiga de confianza le dio un encargo. Tenía que llevar dos kilos de marihuana al otro lado del puente, a un tipo apodado «El Abuelo». Le dijo que era un trabajo fácil, que recibiría el dinero en cuanto hiciera la entrega, que era de fiar. En la zona del puente a veces había problemas, pero Caperucita sabía cómo apañárselas.

Metió los dos kilos repartidos en los dos amplios bolsillos de su abrigo rojo y bajó al portal. Caía una fina lluvia lenta y casi imperceptible. Se puso la capucha y emprendió el camino. Anduvo unos metros y en la última plaza del barrio se encontró a viejos amigos del instituto. Allí estaban el Negro, Yoli, el Cazador, Chiqui, y dos más a los que no conocía. Eran buena gente, aunque sobrevivían con un taller clandestino en el que modificaban y reparaban coches, no siempre en regla. Le ofrecieron unas caladas. Caperucita aceptó agradecida, pero se despidió pronto. Dijo que tenía prisa, que otro día quedarían.

—¿Adónde vas? —preguntó el Cazador, que siempre había escondido sus sentimientos por ella.

—A dar una vuelta.

—¿Quieres compañía? —insistió, preocupado.

—¿Eh? No, no, gracias. Nos vemos.

Dudó al responder. No las tenía todas consigo a pesar de que el encargo parecía fácil y era una buena cantidad de dinero; pero prefirió no pringar a nadie más en el asunto. Por las lenguas, que son muy largas, y las manos, que acabarían por querer parte del botín sin dar el callo.

Anduvo en dirección al puente. Allí estaba oscuro a excepción de las hogueras en rededor de las cuales se juntaban grupos de jóvenes sin futuro ni presente. Escuchaban música electrónica —más bien agresiva—, y contaban hazañas mientras se drogaban. Caperucita pensó que si iba a lo suyo no tendría por qué llamar la atención de nadie. Siguió su camino rodeando la zona; buscando los lugares más oscuros. La música se oía más alta, y el paso se tornó más firme y tenso. Pero ya casi estaba allí. Una vez que cruzara el puente, sólo restarían dos manzanas para llegar al lugar del encuentro. Fue justo en el puente cuando oyó un silbido desde abajo, que sin duda se dirigía a ella. «Puede no ir conmigo», pensó. Anduvo un par de metros más pero una voz la paró en seco.

—¡Eh! ¡Chica guapa! ¿Adónde vas tan sola a estas horas?

—No es cosa tuya —respondió disimulando el temblor de la voz.

—No te pongas así, chica guapa. ¿No quieres pasar un rato conmigo?

La luz intermitente del fuego descubría su cara, y pudo reconocerlo. No sabía su nombre, pero lo llamaban «El Lobo». Era un armario de casi dos metros, de expresión ruda y abrupta para su corta edad, famoso en los alrededores por ser el cabecilla de una banda de matones. Se le paró el corazón por un instante, pero pudo recomponerse para contestar.

—Tengo prisa, lo siento.

—Vaya… Bueno, chica guapa, si algún día quieres pasarlo bien, ya sabes dónde encontrarme, ¿eh?

Se dio la vuelta e hizo caso omiso al burlón guiño de ojo que le lanzó. Siguió caminando hacia delante con la esperanza de no oír pasos a su espalda. Sólo oyó los propios. Soltó el aire. Lo peor había pasado.

Llegó al lugar pactado. Era un chalé caro y cuidado, en una zona residencial. Apenas se oía algún coche de vez en cuando y el rumor de unas notas de jazz que procedían de dentro de la casa. Llamó a la puerta, se identificó y le abrieron desde el portero automático. «Pasa al fondo, al jardín». Anduvo por un pasillo largo y amplio hasta una puerta entreabierta de metacrilato, que daba a la parte trasera del chalé.

—Quédate ahí —dijo una voz.

Caperucita paró en seco, debajo de una bombilla que la exponía con luz blanquecina en aquella noche cerrada. Más allá, sólo pudo ver el brillo del cigarro que chupaba aquel hombre sentado en el cenador. La voz le era familiar, pero no podía ver nada de su rostro, más que unos labios iluminados por el tabaco incandescente.

—¿Qué me has traído? —volvió a inquirir la voz.

—Tengo su encargo. ¿Tiene el dinero?

—Claro que sí. ¿Cuánto acordamos?

Se hizo muchas preguntas. ¿De qué le sonaba esa voz? ¿Y por qué preguntaba lo que habían convenido? ¿Dónde estaba el dinero? ¿Se trataba de algún tipo de prueba? Tentó a su suerte y esquivó la pregunta.

—Lo acordado por los dos kilos, señor.

Se iluminó lo que quedaba de cigarro durante dos segundos. Exhaló el humo y piso la colilla, mientras se levantaba.

—¿Y qué me impide quedarme con el producto y contigo… chica guapa?

Las últimas palabras fueron dos puñaladas asestadas al corazón. La voz, la forma de hablar… ¡El jodido Lobo! ¿Pero cómo? Daba igual, no había tiempo de pensar en eso. Caperucita probó a enseñar la bandera blanca antes de salir corriendo por una zona desconocida.

—Escucha, todo para ti, ¿vale? Yo me largo y no digo ni media, ¿eh?

—Oh, por supuesto que no dirás ni media —dijo acercando su rostro a la luz—, no creo que puedas con la boca rota.

Entró en pánico. Por instinto, le lanzó los dos paquetes de hierba que tenía agarrados en sus manos sudorosas dentro de los amplios bolsillos del abrigo. Ganó unos segundos mientras él se recomponía del golpe, y echó a correr. Atravesó el pasillo, abrió la puerta que daba a la calle y por instinto corrió en dirección a casa. El Lobo daba unas zancadas gigantescas mientras gritaba como un poseso. Cuando estaba a unos metros del puente se paró en seco. No, por ahí no podía ir. Ése era el territorio del Lobo.

—¡Mierda, mierda, mierda! —exclamó, mirando en todas direcciones.

Miró hacia atrás. Él estaba ya muy cerca, y la duda la paralizó por completo. Se resignaba a caer en sus garras cuando de la nada surgió la luz de un vehículo que se aproximaba a ella a toda velocidad. Se dio cuenta de que estaba en medio de la carretera. Era el coche o el Lobo, pero la iban a alcanzar. Quiso saltar, pero no pudo. Cerró los ojos y apretó los puños. En el último instante, el coche viró y alcanzó de pleno al Lobo, que murió en el acto. Caperucita tuvo la oportunidad de correr una vez más, pero se derrumbó en el suelo, llorando. Se abrió la puerta del conductor y volvió el pánico. ¿Qué iba a decir? ¿Cómo explicarlo?

—Así que no querías compañía, ¿eh?

—¡Cazador!

—Sabía que te ibas a meter en problemas, Caperucita. Nunca en mi vida te había visto nerviosa hasta hoy. Por eso te seguí. ¿Subes?

Volvieron al barrio dando un rodeo largo y tranquilo, hasta que las pulsaciones volvieron a ser normales. No hablaron más de lo necesario. No hizo falta. Volvieron a sus rutinas y a su barrio, a buscar la forma más honrada de sobrevivir. Juntos, todo resultó más fácil.

10 Comments

  1. Increíble, lo has adaptado de una manera que deja mucho a la imaginación. Muy bueno, continúa con otros más. Saludos

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