Insomnio (5)

Hoy la culpa es del café. Yo, que soy hombre de té y vivo en un país de cafeteros, hoy he cambiado de bando. Apenas tomo. Ni lo digiero ni lo duermo bien, pero después de comer estaba lánguido y pesado como un saco de leña, y dije: «Vale, pero poco». Y la cafeína y la ola de calor me han tenido dando vueltas en la cama hasta pulir mis nervios y volver al teclado. Aquí, en el silencio —en el murmullo callado del barrio, que hoy parece más aletargado que de costumbre—, sólo brilla la luz del portátil y suena el teclear de los dedos, que escriben, borran y vuelven a escribir palabras que salen de una mente fatigada de idas y venidas.

Hoy pasan las ideas rápidas y fugaces y apenas puedo contenerlas; vienen, sondean, se van, tal vez pasen de nuevo. Nostálgico de mi futuro, como dice Ibarra, y en un presente tácito y quedo, donde me aíslo y me aíslan a partes iguales. Son demasiados planes para tan poco hombre, me digo. Pienso en soltar lastre, sopesando qué maleta necesito menos —entra una conversación por la ventana de la calle—.

Ahora sólo resuena el ventilador del portátil. Y la incertidumbre, que siempre se oye en casa del que hace planes. No querrán leerme, pienso. Resulta que nos rodeamos de gente para llevar mejor nuestra inherente soledad. Ideas inconexas, o conexas a su manera, como veis. ¿Trabajarán de noche todos los escritores? ¿Habrá alguno feliz? Para qué perder el tiempo en escribir, si no necesitas escapar de nada, ¿no?

Los coches transitan la avenida, a ráfagas. Miro el móvil, por mirar, porque no ha sonado. Me cruzo de brazos ante mis letras, como si no supiera qué me dicen. Pienso que algún día, quizá sí o quizá no, alguno de mis tataranietos podría leer esto. Yo apenas vi un par de veces la foto de uno de mis abuelos, en uniforme militar. No sé nada más de él. Mañana será más fácil saber de dónde venimos, o al menos, de qué árbol genealógico caímos. Me siento como la manzana del paraíso, que alguien tiró para que otro la comiera.

Mejor lo dejo ahí y me pongo a leer, hasta que las pestañas se abracen. Siempre son bonitos estos paseos nocturnos, que me recuerdan a confesiones de madrugada de veranos pasados. Buenas noches.

9 Comments

  1. A mí me encantan los paseos nocturnos, es cuando estoy más concentrada para poder llegar allí donde la claridad no me dejaría, por la noche es cuando encuentro la luz.

    Saludos.

  2. “¿Trabajarán de noche todos los escritores? ¿Habrá alguno feliz? Para qué perder el tiempo en escribir, si no necesitas escapar de nada, ¿no?”
    Qué interesante esta parte, especialmente sobre escribir sin “necesidad”, como si sólo los tormentos fueran material para la escritura.
    Saludos.

    1. Muchas gracias por tu tiempo. En mi caso, funciona así. Cuando estoy bien me apetece hacer muchas cosas, pero cuando estoy jodido, el chaparrón lo aguanta el folio en blanco. 🙂

  3. Como me alegro haber caído sobre éste pequeño cajón de letras, me encanta lo que escribes.
    Y la frase: “Resulta que nos rodeamos de gente para llevar mejor nuestra inherente soledad.”, me ha hecho sonreír de lo terriblemente cierta que es. Un saludo artista!

  4. Paseos nocturnos acompañados de recuerdos bonitos y quizás a la vez nostálgicos. Lindo lo que plasmas. ¡Saludos!

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