A mí que me registren

La culpa no es tuya. La culpa está más arriba. Los poderosos manejan los títeres con sus cuerdas, y tú no puedes hacer nada. Esos malditos ricos se mean en África probando medicamentos para luego venderlos en el primer mundo. Tú los consumes, pero, ¿qué otra cosa puedes hacer? Te los receta el médico. Esos bastardos despilfarran sus bienes mientras otros no tienen ni qué ponerse. Allí están, en sus restaurantes de lujo degustando alimentos que están al alcance de muy pocos mientras niños mueren de hambre a diario. Tú dejas correr el grifo y a veces tiras comida, pero, ¡es inevitable!; no tienes tiempo para comprar a diario ni para buscar comida que sea sostenible, ni dinero para pagar tres euros de más por unos macarrones. Además, se te atraganta la cena cuando los ves en la tele, con esos trajes y vestidos de alta costura que valen lo que tu coche. ¿Será posible? Tú te tienes que conformar con la ropa de bajo coste de sus centros comerciales. Intuyes que la fabrican niños o esclavos, pero, ¿acaso es tu culpa? ¡No lo puedes controlar todo, bastante tienes tú ya! La ropa se amontona en el armario, pero no tienes tanta: un poco de cada, según la ocasión, ¡no vas a vestir siempre igual! ¡Pero mira cómo viven! Con sus sirvientes, sus jardines, sus centenares de habitaciones —¿las visitarán todas?—, sus coches de lujo… ¿Para qué quieren todo eso? Tú, que conduces un coche de segunda mano y aparcas en la calle para volver a tu minúscula casa de cuarenta metros cuadrados, donde no te cabe todo lo que necesitas. Y lees en tu móvil nuevo las noticias y te desesperas. ¡Cuánta injusticia! Si los ricos fueran piadosos… ¡cuántas cosas cambiarían! Si tuvieras una escoba… ¡Pero claro, no les interesa! ¡Ellos van a lo suyo y viven ajenos a las desgracias de los demás! Y ahí estás, recogiendo sus migajas. ¡Encima hay que dar gracias porque te dan trabajo! «Algo tiene que cambiar, no es justo», piensas, mientras ofreces las monedas que bailaban en tu monedero a esa mano abierta que pide ayuda en el metro. Al menos puedes desahogarte al cobijo de unas cervezas y unos amigos, que comparten tu visión y tu estatus; y volver a casa sintiendo que eres noble y correcto.

Pero recuerda, para la próxima vez que cambies el mundo desde tu sofá, que tú eres millonario para la mayor parte del planeta.

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