Fuga —cidad— de cerebros

Me comentaba anoche un amigo —que ronda ya los cincuenta y las ha visto de todos los colores—, que no entendía qué se enseñaba en la universidad. Que si lo que hemos conseguido universitarizando a todo el mundo es que la gente se aborregue, que vayan cerrando todas. En la conversación también participaba una amiga que trabaja en una universidad de Madrid. Dijo que en cierto modo sí, que entre el conformismo y la indiferencia que se nos multiplica a todos y los precios de la matrícula, la universidad había pasado de algo revolucionario y creativo a un ente sumergido y estacionario donde es más importante acudir a dos horas de clase y cumplir expediente que organizar una manifestación.

En general, concebimos la fuga de cerebros como un problema en su mero hecho. Sólo en mi pequeño entorno, doy fe de muchos cerebros fugados o exprimidos hasta el punto de hacer zumo neuronal por cuatro perras. El caso de una médica que salió a curso por año con notas excelentes y que está dando gracias por una beca de ochocientos euros. Una ingeniera de telecomunicaciones que tiene satélites en el espacio y ha pasado por la NASA, que está en Nueva Zelanda —sí, en España empezó con otra beca del estilo—. Un ingeniero físico trabajando de teleoperador lejos de ser mileurista. Muchos más en el extranjero y otros tantos trabajando en sectores que nada tienen que ver con su formación. Bien, todo esto nos apena y nos frustra, especialmente si pensamos en la injusticia de los sueldos de algunos papanatas que por hache o por be se forran por hacer el imbécil en televisión. Pero mi amigo, el de los casi cincuenta y que no ha ido a la universidad, lo veía de otra manera. Él pensaba en ese licenciado que después de cuatro o seis años de formación, al no encontrar nada aquí, hacía las maletas para limpiar váteres en EscociaLe decíamos —casi sin meditarlo, cayendo en el tópico— que hombre, al menos allí tiene trabajo, aprende otra cultura y otro idioma, que qué iba a hacer, tal como está la cosa. Y era precisamente ése el quid de la cuestión.

Decía que si pasas toda una vida formándote, colegio y universidad en tu campo, y al acabar te das cuenta del fraude —porque ahora estudiar no es precisamente barato como antaño— y no coges un palo para varear a todo cristo que pase por tu lado, algo no te han enseñado bien. Aquí se hizo un inciso para debatir de forma más poética sobre la necesidad de la violencia y su utilidad. El tema ya es manido y es algo en lo que todos tendréis una opinión inamovible. Además, el vino empezó a flaquear en las botellas y a florecer en las lenguas de estropajo. Pero bien es cierto que, en el caso de nuestro amigo limpiador escocés, bien le hubiera merecido la pena ahorrarse la universidad e incluso el instituto y hacerse el petate años antes; imagino que hubiera aprendido mejor el idioma y que, sacando brillo a váteres desde los quince, seguramente a los veintitrés podría ser ya un señor encargado bilingüe.

Puede que el conformismo y la resignación haya calado ya demasiado —y es posible que ese fuera el plan—, y no seamos capaces de mover el culo por nada que no sea ir a nuestro propio váter. Que la idea de movilizarse del personal sea publicar en Facebook una idea revolucionaria de otro, o compartir injusticias atroces de lo que les llega de la prensa, mientras al vecino del cuarto lo desahucian en nuestras narices. O que se hable más de tal o cual famoso enchironado que de problemas reales. O que nos importen más los treinta euros que nos quitan de la nómina al hacer una huelga que lo que significa la huelga en sí. Qué sé yo. A lo mejor habría que derruir las universidades y los colegios.

—Para reconstruirlos—.

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