El hombre mágico

Hace ya un tiempo conocí a un hombre mágico. Vivía en un pueblo muy pequeño, donde todos se conocían por su nombre, en una casa con muchas habitaciones de invitados, un pequeño corral y una cochera. Yo a veces dormía en una de esas habitaciones y cuando despertaba, el hombre mágico ya se había levantado. Cuando bajabas las escaleras te decía: «¿Qué? ¿Ya ha amanecido?», pero él ya había hecho amanecer mucho tiempo antes. Él arreglaba cosas. Con unas galletas rotas y un café hacía cemento. Y con un hacha hacía leña, porque sus huéspedes no podían pasar nunca frío ni hambre. También tenía una bicicleta para cada uno de ellos. Las fabricaba con piezas que cogía de su cementerio de piezas, donde había herramientas de todo tipo y partes de cosas en su cochera, colgadas en la pared o repartidas en cajones. A mí me dejó la bicicleta más rápida del mundo. Tenía un cuadro azul y un manillar rojo, una rueda de aquí y otra de allá, pero corría más que ninguna y era diferente a todas.

Yo lo vi conducir pocas veces, pero siempre contaba que se sabía todas las carreteras de memoria, y te decía qué camino elegir, porque él era el mejor conductor del mundo y había hecho viajes con su coche a todas partes, y si se le rompía un embrague, pues lo arreglaba por el camino. Para eso era mágico.

También era el mejor anfitrión del mundo y su casa era la envidia de todo el pueblo cuando su familia se reunía a la mesa. Siempre había mucha comida, porque él sabía lo que era pasar hambre y eso agudiza el apetito de cualquiera. Era un hombre libre, y pasaba los días como le placía; durmiendo, comiendo, charlando, brindando. A ratos gruñón, no daba su brazo a torcer en ninguna discusión, aunque los huéspedes se comportaran como unos modorros. Si es que no servía y no servía insistir. Pero era un bonachón. Todo lo que tenía lo repartía, y poco se guardaba para él que no fuese un ratito en su sillón preferido después de comer.

Ya lo conocí mayor, pero sé que de mozo hacía sus mejores trucos para sacar a su familia adelante y construir su casa, sus camas de invitados, su corral y su cochera. Y su calefacción. Con el tiempo, es verdad, fue perdiendo algo de su magia. Su cabeza se fue lejos, pero no faltaron sonrisas para los niños, comida y leña, aunque ya no pudo fabricarles bicicletas.

El hombre mágico era mi abuelo y ayer se apagó su magia del todo. Hoy lo hemos despedido como él hubiera querido: todos juntos en su casa, donde no faltó ni calor ni comida. Algo de espacio sí faltó, porque somos —y eso le hará feliz— cada vez más. Hay infinitos más grandes que otros. Su infinito duró noventa y cuatro años, que se dice pronto. Y es un infinito porque está en nosotros y hablaremos a nuestros hijos del hombre mágico por muchos años. Descansa en paz, abuelo Tete.

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