La teoría de la selección capital

Habréis oído que las especies se rigen por la selección natural y la supremacía del más fuerte. Que en la más pura y burda síntesis, viene a decir que el más apto prevalece, desplazando a los menos adaptados al medio. La ley del más fuerte, si lo preferís. Hoy en día, la mayoría de las especies siguen cumpliendo esa norma, evolucionando para sobrevivir, y a más corto plazo dando poderes fácticos a jefes de manada y ejemplares más listos, más hábiles o más fuertes. Y también era así en los humanos, hasta que empezamos a apoderarnos de cosas. Entonces cambiaron las tornas a la ley del más rico.

Imaginemos por un momento que la naturaleza hubiera seguido su cauce y los hombres más venerados fueran los más fuertes, los mejores cazadores, los más atractivos o los mejores supervivientes, sin importar sus posesiones. Digo yo que nuestro jefe de manada se parecería más a un africano de 2,15 con brazos de acero que a un esmirriado y miope Bill Gates. Sin embargo, se sigue cumpliendo la máxima de la selección natural. Prevalece y vive más (y mejor) el más apto. Pero aquí, el más apto es el más rico; y lo es porque puede pagarse mejores tratamientos, comprar mejor comida y estresarse menos. Resulta irónico que el más apto para la supervivencia sea precisamente el que no tiene que preocuparse por ella.

Total, que genes fuertes e inteligentes se pierden por las calles de una favela mientras los torpes genes de mindundis ciclados de gimnasio se unen a los genes de modelos de plástico -genes que son del montón, pero van disfrazados de lo mejorcito de la especie con sus senos, liftings, operaciones y demás retoques- para dar vida a los futuros jefes de manada, quienes vivirán con el dinero por castigo en un entorno plácido y egocéntrico, marcando el devenir del grupo. Sólo que aquí los súbditos intuyen que en las mismas condiciones, sus jefes las hubieran pasado canutas para salir adelante. Y cuando el respeto es impuesto y no conseguido, es difícil aplicarlo. El dinero le resta importancia a la genética; con él puedes prepararte mejor, cambiar tu aspecto si no te gusta y comprar a otros ejemplares que cacen y trabajen por ti. Incluso se compran parejas -implícita y explícitamente- y hasta se tienen descendientes en favor de un estatus social.

Sé que no descubro nada nuevo, y que al fin y al cabo, como seres pensantes que somos, si nos hemos diferenciado así de otras especies, igual es porque tocaba. Pero igual la estamos liando parda y nos vamos desnaturalizando sin remedio. Cuando planteo esta teoría, muchos me dicen que el ser humano no es como otro animal, porque razona. Y que no somos salvajes para estar peleándonos por comer o por reproducirnos. Y les doy la razón, sí, pero por dentro pienso: «Ya. No se ha dado el caso, ¿verdad?».

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