Amira y Jeremías

Amira y Jeremías se acababan de conocer. Ambos tenían seis años. Ella, morena y delgada, de tez oscura y ojos enormes y brillantes que parecían sonreír aunque la boca no se moviera. Él, más alto y fuerte, blanquecino, parecía más serio, pero la recibió cordial. Amira acababa de llegar y Jeremías llevaba allí unos meses. Ninguno sabía bien cómo llegaron a ese recinto níveo, impoluto, con aires de quirófano, sí; pero con mucha vida. Niños jugando, plantas hermosas y una brisa de calma que invadía todo el lugar. Los peques no necesitan conocerse para hablar como amigos de toda la vida, y Amira no tenía reparos en preguntar.

—¿Cómo llegaste aquí?

—No lo sé muy bien, aquí pocos lo recuerdan.

—Yo tampoco. Lo último que sé es que estaba jugando en la playa con mis primos. Lo siguiente fue despertarme aquí.

—A mí me pasó algo parecido. Yo recuerdo que estaba en un parque, cerca de mi casa.

Encogieron los hombros los dos a la vez y Jeremías cambió su rostro habitual de enfado. Miraba el brillo de los ojos de Amira con estupefacción. ¡Cuánto decían aquellos ojos! Al poco se hicieron inseparables. Él le enseñó el lugar y le presentó a otros amigos. Ella siempre inventaba juegos y hacía reír a todos. Jugaban toda la tarde y comían helado después de cenar. Antes de dormir, se quedaban charlando hasta que los ojos se cerraban. Un día, a Amira se le ocurrió preguntar.

—¿De dónde eres, Jeremías?

—Yo soy israelí —dijo orgulloso.

—Yo soy palestina —contestó ella rápido, sin dejar tiempo para que él terminara su frase.

Los dos se miraron en silencio. Torcieron el gesto. La confusión les bloqueó el habla. A Jeremías le habían repetido hasta la saciedad que los palestinos eran enemigos. Que querían acabar con ellos. Amira se sabía al dedillo la lección inversa. Los judíos les quitaban lo que era suyo y eran peligrosos. O algo así; no tenían claros los detalles, pero sabían que se tenían que odiar. Como siempre, tuvo que ser Amira la que rompiera el silencio con su vocecita dulce.

—¿Tú me odias?

Jeremías se quedó blanco. Debía odiarla, pero no sentía odio hacia esos ojos saltones y brillantes.

—Eh… yo no. Pero mi padre sí. Él siempre hablaba de vosotros.

—Mi padre también, pero yo no te odio a ti.

A la mañana siguiente se evitaron. Se miraban y se dejaban de mirar, pero callados. Algo no cuadraba. No podían ser amigos. Jugaron por separado esa noche y cenaron en mesas distintas. Después, Amira corrió a por el último helado de chocolate. Estiró la mano y lo agarró, pero otra mano interceptó la suya. Era la de Jeremías, que había tenido la misma idea.

—Es mío —dijo Amira.

—No, es mío —replicó él.

—Yo lo tenía en la mano.

—¡Da igual, es mío! Yo llevo más tiempo aquí. ¡Suelta!

Forcejearon unos segundos antes de que el helado se cayera al suelo. Lo volvieron a coger al mismo tiempo una vez agachados, y al mirarse, el brillo de los ojos de Amira volvió a encandilar a Jeremías. Amira sonrió, como cada vez que él ponía esa cara de bobo.

—¿Lo compartimos? —dijo ella recuperando su voz dulce.

Jeremías se sintió avergonzado de no haber tenido la misma idea. ¡Mañana habría más helado de chocolate! Además, él quería comerlo con ella. Quería que le hiciera reír y contarle todas sus ocurrencias antes de irse a dormir.

Nunca más les importó su procedencia. Hoy, treinta años más tarde, siguen comiendo helado y hablando hasta que los ojos se les cierran. Y pasan la tarde mirando cómo juegan sus hijos, que son fuertes como él y alegres como ella.

Es una pena que hayan tenido que esperar a llegar al otro mundo para conocerse. Aquí, en el nuestro, nunca se lo hubieran permitido: sus familias siguen batallando y reprochándose las pérdidas de Amira y de Jeremías.

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