No me relajo

Creo que lo que hace que viva perpetuamente nervioso es, precisamente, el intento —también perpetuo hasta la fecha— de calmarme. Dejé de creer en la felicidad, porque es efímera, pero sí creo en un estado de calma. Un estado en el que estás conforme con tu entorno y tu situación; que te ralentiza, hasta beberse tu sangre, y te hace inalterable hasta límites insospechados. Ese que te hace parecer indolente hasta el rechazo, y te otorga esa pachorra que es capaz de poner nervioso al más pintado. Ansío la calma. Y la calma se puede querer, pero no ansiar. Es como pedirle a dios ser ateo.

Fácil decirlo. A la hora de la verdad, pienso en dónde vivir, en qué trabajar, cómo ganarme la vida, qué hacer en esa hora libre, cómo aprovechar el tiempo urgentemente —como si el tiempo se aprovechara con prisas— para llegar cuanto antes a esa calma y pasar página. Quiero conseguir un entorno que me facilite calmarme, en lugar de buscar esa calma con independencia del entorno. Construyo casas por el tejado, que es como construimos los impacientes.

Me sé la teoría. Acepta lo que tienes, quiérelo y hazlo tuyo. Con normalidad, sin miras, sin comparaciones. Me falla, sin embargo, la práctica. Tengo un plano al detalle de una casa preciosa, y un tejado en el aire. Me faltó paciencia para cimentar. O quizá, me faltó calma.

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