Vías de escape

Cinco días de esclavitud a cambio de dos de libertad. Veinte días de verano a cambio de un año laboral. Ese es el trato que muchos tienen firmado o han tenido firmado alguna vez. En números, no parece un acuerdo muy justo, pero es lo habitual. Veinticuatro horas tiene un día. Pongamos que duermes siete, que tardas casi una hora en llegar al trabajo y otra en volver. Ocho horas de trabajo, más la hora de la comida. Te quedan seis horas. Tampoco parece muy equitativo, pero hay que comer. Hablando de comer, si queréis cenar, le restamos otra hora al reloj. Cinco horas quedan. Hablo, claro está, de personas sin descendencia o ascendencia a la que cuidar. Para esas personas el reloj no existe; existen las urgencias, cómo resolverlas y poco más. Pero sigamos con el ejemplo. ¿Qué hacemos en esas cuatro, cinco o seis horas? Bueno, como horas libres que son, hay tantas vertientes como personas. Está el que enciende el televisor y se olvida del trabajo, o el que se adentra en un libro para escapar del mundo real. El deportista, el cinéfilo, el melómano, el internauta, el papirofléxico, el onanista, el drogata, y el que sigue currando desde casa, por citar algunos.

La idea es apagar el cerebro de forma radical, o al menos, cambiarle la tarea. A veces, se hace de forma compulsiva, como el que se agarra a un paracaídas en plena caída, y cualquier mínima interrupción puede acabar en nervios perdidos y gotas colmando vasos. Vías de escape, conductos de aire acondicionado por los que colarnos para evitar la realidad o abstraernos de ella. Ahí tenéis el trato. Una cucharada de libertad a cambio de una sopa boba que sirva de menú para unos pocos.

Algunos afortunados acaban por convertir su pasión en sustento, pero no todos tienen el hobby adecuado, o esa pizca de suerte, o la fórmula para hacerlo. No sé quién acuñó la expresión «find your passion and you’ll never work a day in your life», ni si tiene una traducción concreta al castellano, pero a veces quiero pensar que es cierta, y que se puede monetizar tu pasión de alguna forma. No voy a ser yo el que te cuente otra vez el cuento de hadas de «si quieres, puedes ser lo que quieras», porque los cuentos de hadas los escriben autores sin facturas y realmente no creo que todos podamos ser lo que queremos. Ese contrato será muy válido para muchos, pero es demasiada carga para una vida tan efímera. No le vas a contar a tus nietos lo que hacías en ese trabajo monótono día tras día. Sal. Usa las vías de escape para lo que son, para escapar y no volver.

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