Las pelis raras

Y la música rara, y los libros raros. Porque no escucho mucha música de la que sale en la radio, ni leo muchos libros de portada de escaparate, ni me acaban de convencer muchas de las películas de mayor presupuesto. Raro, me llaman, en su acepción más peyorativa. Como pensando que no hay por dónde cogerme.

Que va. No excluyo ni discrimino nada, pero he acabado por asumir que en las conversaciones sobre alguno de estos temas acabo hablando solo. Siempre alguien salta con la muletilla de «es que a ti te gustan las pelis raras». O lo de «bueno, la música esa que tú escuchas». Con ese tonito agudo que te hace sentir como si te gustara tirar cabras por un campanario y prenderles fuego.

Para gustos los colores, dicen. Me parece muy bien que te guste una canción sólo porque la has oído cien veces en la radio, y te la sabes. Pero no me digas después que lo que escucho yo no lo escucha nadie y que «por algo será». Hay, desde luego, un público que se limita a aceptar lo que le dan y otro que sale a buscar lo que quiere, se lo den o no. El que enciende la radio, y el que rebusca en cajones de vinilos antiguos. El que pide cantar y bailar canciones que ya se sabe de memoria los fines de semana y el que no entiende por qué no ponen nunca otra distinta. El que cree que si la canción sale en la radio es porque es buena y el que sabe que si sale en las radios comerciales es porque hay negocio.

Esto no iría a ningún lado si sólo se tratase de libros, música o cine. Al fin y al cabo, no se puede obligar a nadie a que se interese más por la cultura, si le vale con ser público pasivo. Pero cuando uno tiene la mente dormida tampoco la despierta cuando se trata de cómo eres, cómo piensas, o las cosas que te crees o dejas de creer. Porque acabas dando como cierto algo que te cuentan simplemente porque te lo están contando. Tampoco digo que haya que darlo todo por falso, ni rechazarlo porque sí. Digo, que tampoco nos haría mucho daño pensar por qué nadamos en esa corriente con esos otros millones de peces sin saber adónde vamos. Aunque también adelanto que cuando nadas solo contracorriente se hace más duro el camino. Al fin y al cabo, la ignorancia es felicidad.

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