Me lo he ganado

Sufre el ganador del síndrome del merecimiento. Se nos hace difícil admitir la parte de suerte o de azar cuando ganamos o conseguimos algo. Pero el azar está ahí, y nos influye más de lo que queremos creer. Oigo muchas veces aquello de «la suerte se busca». Sí, claro. Si corres detrás de algo es más probable que lo alcances que si te quedas sentado, pero eso no garantiza nada. La suerte es escurridiza e impredecible, y lo mismo te embiste cuando estabas pendiente de otra cosa como te esquiva cuando casi la tienes a tiro. No todo se merece: procuremos ser más humildes. ¿Acaso mereces que te parta un rayo? ¿O que te toque la lotería? Claro, hay que salir a caminar en la tormenta y comprar el cupón; pero eso es una perogrullada. ¿Cuántos no habéis pensado mil veces en la suerte que tiene el cretino del jefe? Míralo. Es un inútil y ahí está, caído como pintado en su sillón de cuero. Sin embargo, no pensamos en esos otros que trabajan duro en un puesto más bajo y que pueden ser más aptos que nosotros.

«Yo me lo he currado, nadie me ha regalado nada», nos dice nuestro orgullo cuando sale el tema. El orgullo siempre habla en voz alta, como ese borracho que grita dando puñetazos en la mesa, gesticulando como poseído. A veces, un grito así, engaña al resto de amigos que lo escuchan, porque piensan que tal convencimiento sólo es posible si se lleva la razón consigo. Pasad la resaca y pensadlo de nuevo a la mañana siguiente, cuando el borracho del orgullo ya no tenga voz.

Preferimos pensar que nos ganamos lo que tenemos, porque asusta mucho pensar que la suerte o el azar nos puede quitar todo de un plumazo. Una caída, una enfermedad, un amor… te cambian la vida en un pestañeo. Es, además, una excusa perfecta para tener todo bajo control. Si te va mal, la declaramos culpable. Si te va bien, la conquistaste. Siempre salimos victoriosos en el juicio a la fortuna. No somos nada. Un pequeño punto que tiene que formar parte de una línea infinita queramos o no. Lo que podemos hacer es navegar en esta vida como mejor sepamos, y si cambia el viento, seguir haciendo lo mismo. Sí: podemos aprender cómo se mueve el viento y tratar de sacarle más provecho, pero no podemos soplar. Al menos, no podemos soplar muy fuerte. Que tengáis buen viaje, marineros. Que no os lleve la marea.

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