Insomnio

Sólo la poca luz que arroja el insomnio puede alumbrar una locura de este calibre. Escribir al mundo, sin escribir a nadie, escribiendo a todos. Sin razón ni salario. Sin motivo ni satisfacción alguna. Desahogo, quizá. Qué sé yo. Ideas que manchan ese lienzo blanco en el que se supone que la mente se relaja y duerme. Que duerman otros. Yo tengo que limpiar. Nada ansío más que dejar ese lienzo inmaculado y dormir tranquilo, lo juro. No escribo para nadie, joder. Ni para mí. Sería más fácil pensar mis cosas en voz baja que redactarlas. Nada de eso. Tengo que sentarme aquí hasta que las pestañas se choquen porque no puedo ver otra cosa que lienzos con manchas que se agitan haciendo que el ojo vaya buscando un hilo de luz en un párpado cerrado. Manchas que en un perfecto castellano te dicen: «Haz algo; durmiendo, el tiempo se pierde». Como si dormir fuera un lujo y no una necesidad. Como si pudiera elegir qué hacer con mi tiempo a placer. Quizá sea mejor mirar un lienzo vacío. Quizá sí. Pero, ¿quién quiere mirar un lienzo blanco? Sólo su autor. Maldita fiebre.

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